1 de noviembre de 2026 - 00:05

Santiago Vignoni, la "Estrella en Ascenso" de Tim Atkin que busca revalorizar los vinos de la Zona Este

El ingeniero agrónomo produce 15.000 botellas en Mendoza y trabaja con variedades patrimoniales como la Criolla, Sangiovese y Bequignol.

El crítico británico Tim Atkin distinguió a Santiago Vignoni como "Estrella en Ascenso del Año" (Rising Star) y reconoció a su Criollo de Macollo como el mejor rosado de Argentina en relación precio-calidad. El reconocimiento destaca el trabajo de un productor de la Zona Este mendocina que apuesta por variedades patrimoniales y vinos de identidad propia.

Ingeniero agrónomo y viticultor de sexta generación, Vignoni produce unas 15.000 botellas. En ese sentido, valoró que el crítico británico dirija su atención hacia "los pequeños productores, hacia las zonas por ahí un poco menos afamadas, pero que también tienen mucho para mostrar y tienen grandes vinos".

Criollo de Macollo, el vino de Santiago Vignoni que fue destacado por Tim Atkin como el mejor rosado argentino en relación precio-calidad.

Criollo de Macollo, el vino de Santiago Vignoni que fue destacado por Tim Atkin como el mejor rosado argentino en relación precio-calidad.

La distinción tuvo un significado que excede el plano individual. Para Vignoni, la evaluación de Atkin representa un respaldo al camino que inició con su proyecto. “El reconocimiento de Tim Atkin, tanto a mí como profesional y al vino criollo, fue un gran empujón anímico y una validación de lo que vengo haciendo desde que arranqué con el proyecto”, señaló.

Una historia familiar ligada al vino y a la elaboración de baja intervención

La relación de Vignoni con la vitivinicultura comenzó mucho antes de su formación profesional. Es parte de una familia de productores de la Zona Este y creció entre viñedos, bodegas y conversaciones cotidianas sobre el funcionamiento de la actividad. Sus padres, un tío y uno de sus hermanos son enólogos, mientras que él eligió estudiar Agronomía para ampliar su mirada sobre el trabajo en el campo y comprender la producción desde otra perspectiva.

Ese recorrido también estuvo atravesado por una cultura familiar que priorizaba la calidad de la materia prima y el cuidado de cada etapa del proceso. Al explicar cómo influyó ese legado en su manera de elaborar, Vignoni recordó que nació en una familia dedicada al vino a granel, donde el objetivo era que el producto “estuviera rico”, aunque detrás de esa definición sencilla había un trabajo técnico minucioso. A eso sumó la experiencia de la fábrica de conservas de su padre, que trabaja sin conservantes, aditivos ni colorantes. “Toda esa cultura de trabajar mucho y de estudiar mucho para evitar modificar al producto o alterarlo, es parte de este legado de querer hacer ricos vinos y de baja intervención”, explicó.

La formación agronómica le permitió ordenar conocimientos que había incorporado desde chico y sumar herramientas para tomar decisiones en el viñedo. La combinación entre esa experiencia temprana y el estudio es parte de la identidad del proyecto, conservar una relación directa con el lugar, pero sostener cada decisión en la observación y el conocimiento técnico.

Por qué la Zona Este puede producir vinos de calidad

La trayectoria de Vignoni también incluye experiencias de vendimia y visitas a regiones vitivinícolas del exterior, entre ellas Barolo, en Italia, y Saint-Émilion, en Burdeos. Esos recorridos reforzaron una idea que trasladó a su trabajo en Mendoza: la calidad no depende de una única combinación de clima o territorio. “En Europa, en distintas latitudes, siempre encontrás buenos vinos, vinos de alta calidad, indistintamente del terroir y del clima”, planteó. Para el productor, esa diversidad permite discutir la idea de que los vinos de mayor calidad solo pueden surgir de determinadas zonas argentinas.

Vignoni aplica prácticas de agricultura regenerativa y baja intervención en el viñedo y la elaboración, con el objetivo de preservar las características de la uva y del lugar.

Vignoni aplica prácticas de agricultura regenerativa y baja intervención en el viñedo y la elaboración, con el objetivo de preservar las características de la uva y del lugar.

En su análisis, la Zona Este tiene condiciones propias que durante décadas favorecieron la producción de grandes volúmenes. Su clima, más cálido que el de las áreas cordilleranas y el Valle de Uco, permite alcanzar rendimientos elevados. Esa característica sostuvo un modelo de negocio basado en vinos masivos y a granel, que tuvo un peso central para las bodegas de la región durante buena parte del siglo XX y los primeros años del XXI. “La Zona Este ha estado asociada a los vinos de volumen porque tenía mucho potencial para hacer vinos de volumen”, explicó Vignoni, quien señaló que esa orientación económica también condicionó las inversiones y la búsqueda de vinos de pequeña escala.

Sin embargo, considera que ese perfil no define todo lo que la región puede ofrecer. La retracción del negocio del vino a granel y la aparición de elaboradores independientes abrieron espacio para proyectos que trabajan con partidas más acotadas y buscan expresar características específicas del lugar. Vignoni sostiene que la Zona Este continuará siendo una región de alta producción, pero que eso no impide el desarrollo de vinos de calidad. “Ese mito de que solamente se puede hacer vino a granel está próximo a derribarse”, afirmó, al referirse al crecimiento de pequeños productores que buscan revalorizar la zona.

Otro de los desafíos que identifica es dejar de considerar al Este mendocino como un territorio homogéneo. Dentro de la región existen diferencias climáticas y productivas que pueden dar lugar a vinos con perfiles distintos, aunque esas particularidades todavía no siempre llegan al consumidor. “Se habla de la Zona Este como una sola zona, pero dentro hay muchísimas subregiones o zonas climáticas distintas”, señaló. A su entender, el conocimiento que tienen los productores sobre esos matices todavía debe traducirse en una identificación más precisa de parajes y áreas dentro de la región.

La construcción de esa identidad territorial, explicó, será gradual. La región todavía es relativamente nueva para buena parte de los consumidores en términos de diversidad de lugares y estilos, por lo que primero será necesario profundizar el trabajo de investigación y comunicación. Vignoni prevé que, con el tiempo, comiencen a destacarse pequeños sectores de la Zona Este y que esa diferenciación permita mostrar con mayor precisión el potencial de sus viñedos.

Criollas y variedades italianas, la apuesta para los vinos del Este

En el viñedo, Vignoni concentra su atención en las uvas criollas y en variedades de origen italiano. Considera que las primeras tienen una capacidad de adaptación importante y que todavía existe margen para desarrollar vinos varietales a partir de ellas, más allá de su asociación histórica con la producción a granel. “Las variedades criollas son súper resilientes, se adaptan muy bien a la región y creo que tienen mucho potencial todavía por desarrollar”, sostuvo. Parte de esa apuesta se apoya en cosechas tempranas y en la búsqueda de perfiles frescos.

Entre las variedades italianas con las que trabaja mencionó Sangiovese, Nebbiolo y Verdicchio, además de Bequignol. Según explicó, varias de estas uvas conservan una buena acidez natural incluso en zonas cálidas, una característica que puede resultar valiosa para elaborar vinos equilibrados en el Este. La elección también tiene un componente familiar: algunas de esas variedades estaban presentes en los viñedos de sus abuelos y forman parte de una herencia que fue comprendiendo a medida que avanzó con distintas vinificaciones. “Con los años fui entendiendo por qué las eligieron, cuáles eran las virtudes de estas variedades”, contó.

La apuesta por estos varietales también responde a la posibilidad de ampliar la oferta de tintos ligeros y rosados, estilos que, a su juicio, todavía tienen espacio para crecer en el mercado argentino y en el reconocimiento internacional. Para Vignoni, la región puede aprovechar sus condiciones para elaborar vinos frescos y jóvenes, aunque advierte que será necesario sostener el trabajo de las bodegas y generar mayor interés entre los consumidores.

Agricultura regenerativa y vinos sin filtrar ni clarificar

La forma de trabajar el viñedo y la elaboración en bodega comparten un criterio: intervenir lo menos posible, sin descuidar el control de los procesos. En el campo, Vignoni aplica prácticas de agricultura regenerativa que buscan reducir los movimientos de suelo y evitar el uso de arados y labranzas. En su lugar, utiliza cobertura vegetal y restos de poda triturados, que forman una capa orgánica sobre el terreno. “Esto hace que se genere un mulch o un colchón verde en donde hay desarrollo de microorganismos, de insectos que son beneficiosos para la planta”, explicó.

El crítico británico Tim Atkin distinguió a Vignoni como "Estrella en Ascenso del Año" y destacó su trabajo con el vino Criollo de Macollo.

El crítico británico Tim Atkin distinguió a Vignoni como "Estrella en Ascenso del Año" y destacó su trabajo con el vino Criollo de Macollo.

En la bodega, la baja intervención se traduce en evitar la incorporación de levaduras e insumos enológicos cuando las condiciones permiten prescindir de ellos. El productor aclaró que esa decisión exige seguimiento constante para prevenir desviaciones o contaminaciones. Sus vinos tampoco se filtran ni se clarifican: esa elección, explicó, permite conservar una mayor pureza aromática, aunque puede dejar sedimentos en la botella. “Son estilos de vinificación que a mí me gustan, que es un criterio muy personal a la hora de tomar esta decisión de trabajar así. Con esto no hay recetas”, señaló.

Los desafíos de producir a pequeña escala y llegar al consumidor

Vignoni reconoce que el desarrollo de un proyecto independiente implica dificultades similares a las de cualquier emprendimiento argentino. A ese escenario se suma una caída del consumo de vino y de alcohol a escala global, que vuelve más exigente la competencia en el mercado. Las bodegas grandes cuentan con mayor capacidad para desplegar promociones y acciones comerciales, mientras que los productores pequeños deben encontrar sus propios canales y construir una identidad reconocible. “Los desafíos que tengo como productor independiente de pequeña escala son los mismos que tiene cualquier emprendedor en Argentina”, resumió.

Pese a ese contexto, considera que hay oportunidades para los vinos que se ajustan a las nuevas preferencias de consumo, en particular los rosados y los tintos ligeros. El desafío, afirmó, no depende solamente de la producción: también requiere que las bodegas comuniquen mejor esos estilos y que los consumidores se animen a probarlos. “Creo que fuera de la Argentina no somos reconocidos por las variedades de tintos ligeros o de rosados, como puede ser el Sangiovese, las criollas, pero tenemos potencial”, planteó. Para que ese espacio crezca, agregó, hace falta apostar por esos productos, darles mayor visibilidad y generar una demanda que acompañe el trabajo de los productores.

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